Ideas para la realización de tareas
¡Hola!
Os dejo un cuento, podéis escribir el título; dibujar y escribir los nombres de los personajes. ¡Espero que os guste!.
Adaptación del cuento clásico de los
Hermanos Grimm
Érase una
vez un asno que vivía con un molinero. Evidentemente trabajaba para él, y a
cambio el hombre le daba cobijo, hierba fresca y lo trataba con respeto. Su
cometido diario era transportar el maíz al molino y, una vez triturado, llevar
los sacos de harina al mercado para ser vendidos. Durante años el asno realizó
esta dura tarea sin rechistar, pero llegó un momento en que empezaron a
fallarle las fuerzas y perdió movilidad. ¡Se estaba haciendo viejecito y no
podía hacer nada por evitarlo!
Una tarde
de verano, por casualidad, escuchó una conversación privada entre el amo y su
esposa.
–
Querida, nuestro asno siempre ha sido un animal leal y trabajador, pero está
claro que ya no nos sirve. A pesar de la pena que me da, no tengo más remedio
que sustituirlo por un espécimen más joven y sano.
El
borrico se quedó petrificado y empezó a temerse lo peor.
– Este es
capaz de dejarme abandonado en un vertedero o venderme a cualquier desalmado.
¡Mejor será que me largue cuanto antes!
No tenía
dinero ni pertenencias, así que a la mañana siguiente abandonó su hogar y puso
rumbo a la próspera ciudad de Bremen. Tomó la senda que atravesaba el bosque y,
como sus huesos ya no estaban para muchos trotes, fue avanzando despacito,
pisando la tierra con cuidado para no tropezar. Llevaba una media hora de
caminata cuando, tumbado a los pies de un árbol, vio un perro flaco y
desgreñado que le produjo muchísima lástima.
– ¡Buenos
días, amigo! ¿Qué haces ahí, tirado como un trapo? ¿Acaso te encuentras
mal?
El pobre
tenía carita de enfermo y el ánimo por los suelos.
– ¡Ay,
estoy fatal! A causa de una infección perdí la que era mi mejor virtud: el
sentido del olfato.
– ¿Y qué
problema hay con eso?
– Pues
que mi dueño me expulsó de la finca porque ya no sirvo para cazar.
El asno
entendió esa terrible sensación de desamparo por la sencilla razón de que
su situación era idéntica.
– Bueno,
no te preocupes. A mí acaba de pasarme algo similar, pero ni de broma pienso
rendirme. Verás, me dirijo a Bremen porque tengo entendido que es buen lugar
para vivir. Mi idea es conseguir un laúd para dedicar los próximos años a
cumplir mi gran sueño.
– ¿Ah,
sí? ¿Y cuál es ese anhelo?
– ¡Ser
músico!
El perro
abrió los ojos como platos.
– ¡Guau,
qué maravilla! Aunque no lo creas, yo soy especialista en instrumentos de
percusión. Para desgracia de mis vecinos, cuando era jovencito me pasaba el día
tocando los timbales.
– ¡¿Lo
dices en serio?!
– ¡Por
supuesto! ¿Por qué iba a mentirte?
–
Entonces te invito a acompañarme. ¡Podríamos formar un dúo musical!
El perro
se levantó de un brinco, se sacudió las briznas de hierba del cuerpo, y
exclamó:
– ¡Oh,
qué emoción! Muchas gracias por contar conmigo. ¡Estoy listo para irnos cuando
quieras!
Charlando
animadamente, asno y perro retomaron el sendero y llegaron a un arroyo. El
asno puso cara de terror al ver la espumosa corriente de agua.
– ¡Oh,
no, qué desgracia!… ¡No soporto el agua fría en las pezuñas y no sé nadar!
El perro
miró fijamente a su alrededor.
– ¡No hay
problema! A unos metros de aquí hay un puente de madera que nos permitirá alcanzar
la otra orilla sin mojarnos ni un solo pelo.
El asno
respiró aliviado.
– ¡Menos
mal! Pensé que sería el fin de mi aventura.
Para
evitar la sensación de vértigo se concentraron en caminar por él mirando
fijamente al frente. Llegando al tramo final, descubrieron que sobre él
dormitaba un escuálido gato. Cuando el minino notó que alguien se acercaba,
abrió sus ojillos soñolientos y se dirigió a ellos con amabilidad.
– No os
conozco, pero sed bienvenidos a este lado del bosque.
Por el
tono bajo y desanimado de sus palabras se dieron cuenta de que el gatito estaba
pasando por una mala racha. El perro se agachó junto a él y le preguntó con
cariño:
–
¿Podemos ayudarte? Por favor, no seas tímido y dinos qué necesitas.
El gato
hizo una mueca de disgusto.
– Tengo
una edad avanzada y, como ya no puedo atrapar ratones, la mujer que me cuidaba
se deshizo de mí como si fuera un objeto de usar y tirar. En una semana apenas
he comido y me siento débil, sucio, y lo que es peor, muy solo.
El asno
emitió un quejido y el perro a punto estuvo de llorar al escuchar la triste
historia, tan parecida a las suyas.
– Es
sabido que los humanos suelen ser muy desagradecidos, pero no sufras porque tu
suerte acaba de cambiar. ¿Sabes que mi colega y yo vamos a Bremen para ser
músicos? Estoy convencido de que tú podrías tocar algún instrumento de cuerda
con esas uñas largas y afiladas que tienes. Él tocará el laúd, pero puedes
elegir cualquier otro que te guste.
En cuanto
escuchó la propuesta, el flacucho gato saltó sobre él para darle un abrazo.
– ¡Oh,
amigo perro, claro que me apunto! Mi padre me enseñó a amar la música desde muy
chiquitín, y gracias a sus sabias lecciones, la guitarra se me da bastante
bien. ¡Será un placer unirme a vosotros!
Por esas
cosas que tiene el azar, el dúo acababa de transformarse en un trío repleto de
ilusión por comenzar una nueva vida. El trío más breve de la historia de la
música, esa es la verdad, pues minutos más tarde dejaron de serlo para
convertirse en… ¡un cuarteto! Y es que sucedió que, a mitad de camino hacia
Bremen, fueron testigos de algo insólito: de repente, como salido de la nada,
un gallo les adelantó a toda velocidad, sacudiendo las alas y dando unos
alaridos que puso a todos los pelos como escarpias. El asno, alarmado, lo
llamó:
– ¡Eh,
para, por favor! ¿Por qué corres como si te estuviera persiguiendo el diablo?
El ave
frenó en seco y se giró hacia ellos con la cara desencajada.
– La
granja donde vivo ya no es segura porque el dueño quiere hacer una sopa
conmigo. ¡Una sopa! El muy desgraciado dice que como ya soy viejo solo sirvo
para dar sabor al caldo. ¡Qué falta de respeto decirme eso a mí, que
trabajé durante años cantando cada mañana con puntualidad inglesa para dar la
bienvenida al sol y despertar a todo el mundo!
El gato,
advirtiendo que una lágrima corría por su mejilla, habló en nombre de todos.
–
Entendemos tu disgusto. ¡Menuda injusticia!
– ¡Es que
no merezco un final tan desagradable!
– Desde
luego que no, pero sosiégate un poco que quiero proponerte una cosa.
– ¿A mí?
–
Sí, a ti. Verás, nosotros tres acabamos de conocernos y vamos a Bremen a
trabajar como músicos. Se me ocurre que tú podrías ser el cuarto miembro de la
banda.
El gallo
respondió con absoluta franqueza:
– ¿Ser
músico? ¿Yo?… No puedo, lo siento, no sé tocar ni las maracas.
El asno
le guiñó un ojo.
–
Ya, pero tienes dotes para cantar y resulta que nos falta la voz principal.
El gallo
se puso a dar brincos de alegría.
– ¡Eso es
cierto! Cantar ha sido mi profesión desde que nací, y aunque esté mal que yo lo
diga, poseo una voz de tenor envidiable.
Los tres
se miraron sonrientes, y el asno dio el visto bueno a su admisión.
– ¡No se
hable más, te vienes con nosotros!
Como si
se conocieran desde la infancia, el asno, el perro, el gato y el gallo se
pusieron en marcha eufóricos, unidos como una piña, y dispuestos a comerse el
mundo en cuanto llegaran a Bremen.
————-
La noche
les pilló por sorpresa, y justo cuando se escondía el último rayo de sol, en un
claro del bosque, avistaron una casa. El asno pensó que eso sí era un golpe de
suerte.
–
¡Crucemos los dedos para que esté abandonada! En ese caso quizá podamos
refugiarnos en ella y dormir a pierna suelta hasta el amanecer.
Ciertamente
ya no podían más y necesitaban descansar, pero al acercarse comprobaron, ¡oh,
sorpresa!, que la casa no estaba vacía. El asno, por ser el más alto y robusto,
se asomó sigilosamente a la única ventana iluminada. Tras echar una rápida
ojeada al interior, susurró a sus compañeros:
– ¡No os
lo vais a creer, pero os prometo que ahí dentro hay siete tipos dándose el
banquete del siglo! Por su mala pinta diría que son ladrones y que esa comida
la han robado en alguna posada esta misma tarde.
Mientras
hablaba, un intenso olor a asado empezó a filtrarse por las rendijas,
provocando que los hambrientos animales empezaran a salivar. El asno tuvo
clarísimo que no podían dejar pasar semejante oportunidad.
–
¡Echaremos a esos bribones y la comilona será para nosotros! ¿Estamos de
acuerdo?
Los tres
dijeron que sí con la cabeza. Al gato, como es natural, le invadió una tremenda
curiosidad.
– ¡Cuéntanos
qué estás tramando antes de que me dé un ataque de nervios!
El asno
explicó paso a paso la estrategia a seguir.
– Yo
pondré las patas delanteras sobre la ventana y vosotros os subiréis sobre mi
lomo formando una torre. Cuando estemos listos, agitaré las orejas. Será la
señal para empezar a chillar lo más fuerte que podamos y entrar todos a una
como piratas que asaltan un barco. El objetivo es asustarlos y que salgan
huyendo como ratas.
¡El plan
era magistral y no había tiempo que perder! Uno a uno se fueron apilando, del
más grande al más pequeño, tal y como habían convenido: sobre el asno el perro,
sobre el perro el gato, y sobre el gato el gallo. Una vez hecha la torre, el
asno sacudió sus largas orejas y los cuatro se pusieron a vociferar como si les
hubiera dado un ataque de locura. El asno rebuznó, el perro ladró, el gato
maulló y el gallo emitió las notas más agudas que supo soltar por el pico.
¡Montaron un escándalo tan monumental que los ladrones a punto estuvieron de
morirse del susto! Pero es que además, los animales rompieron el cristal de la
ventana con sus cabezas y entraron en tropel, como elefantes en una
cacharrería. Ni que decir tiene que los forajidos salieron pitando sin parase a
comprobar quiénes eran los terroríficos invasores. Atrás dejaron sus
pertenencias y la comida todavía caliente a disposición de los nuevos
inquilinos.
El asno,
que había sido la cabeza pensante, reconoció el buen trabajo en equipo.
– ¡Han
caído en la trampa, chicos, enhorabuena!
Se
abrazaron entusiasmados, radiantes de felicidad.
– ¡Y
ahora, a celebrar la victoria! Llevamos una eternidad con la garganta seca y el
estómago vacío. ¿A qué esperamos para comer y beber hasta reventar?
El asno,
el perro, el gato y el gallo tenían tanta hambre que devoraron con placer las
humeantes y exquisitas viandas servidas en grandes bandejas sobre el mantel:
carne con verduras, patatas rellenas de queso, pan de centeno… ¡Una auténtica
delicia! A la opípara cena le siguió una larga sobremesa donde abundaron las
risas y un ambiente de lo más amistoso. Eso sí, cuando el reloj de pared marcó
las doce, el asno abrió la bocaza y bostezó, contagiando a los demás.
– Ya es
medianoche y opino que debemos irnos a dormir.
El grupo
estuvo de acuerdo, y cada uno se sintió libre de elegir el rincón que le
pareció más confortable. El asno, amante del aire libre, salió de la casa y se
dejó caer sobre el estiércol amontonado cerca de la entrada, mientras que el
perro, acostumbrado a realizar labores de vigilancia, eligió acomodarse detrás
de la puerta principal. Como era de esperar, el gato prefirió un sitio más
calentito y se tumbó sobre las cenizas aún templadas de la chimenea apagada. En
cuanto al gallo, sin duda el más ágil, se subió a una viga porque estaba
habituado a dormir en las alturas desde que era un polluelo. Estaban
literalmente agotados y tardaron lo que dura un suspiro en comenzar a roncar.
——————
Mientras
los animales soñaban plácidamente, los ladrones se vieron obligados a alejarse
y pasar la fría noche a la intemperie. El jefe de la banda no podía consentir
tal humillación y retomó con urgencia el control de la situación.
– Nos
hemos comportado como cobardes, y en consecuencia estamos tirados en el bosque,
sin comida y sin botín. ¡Debemos actuar cuánto antes para recuperar lo que es
nuestro!
Con el
ceño fruncido se dirigió al más fornido de sus secuaces.
– ¡Eh,
tú, grandullón! Te ordeno que vayas a ver qué se cuece por allí. Quiero saber
cuántos son y si van armados. Cuando traigas la información, tomaré una
decisión. ¡Vamos, date prisa y no tardes en regresar!
– ¡Lo que
usted disponga, señor!
El rudo
maleante acató el mandato y fue corriendo hasta la casa. Estaba a oscuras y en
silencio, por lo que pensó que lo más probable era que los intrusos ya se
hubieran ido. Giró la manija de la puerta, entró en la estancia, y en medio de
la penumbra solamente distinguió un par de pequeñas luces.
– ‘Esas
lucecitas deben ser trozos de leña de la chimenea que todavía no se han
apagado. Lo mejor será reavivar el fuego para que cuando regrese mi gente la
casa esté caldeada.’
El ladrón
ni se imaginaba que eran los brillantes ojos del gato y, lógicamente, se acercó
a la chimenea con total despreocupación. En el mismo instante en que fue a
encender un palito de fósforo, el felino saltó sobre él y le arañó la cara con
rabia.
– ¡Ay,
ay, ay!… ¡¿Qué es eso que acaba de abalanzarse sobre mí?!
Con un
horrible escozor en la piel y prácticamente a ciegas echó a correr hacia la
puerta con intención de escapar, pero al abrirla notó un dolor intenso en el
tobillo.
– ¡Oh,
no! ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Ayuda!
Debido a
la oscuridad no podía saber que un perro que le estaba mordiendo con sus
puntiagudos colmillos.
– ¡Seas
quien seas, suéltame, por favor!
Tras unos
segundos de forcejeo el perro aflojó la mandíbula y el ladrón logró
escabullirse.
– ¡Esto
es escalofriante!
Salió de
la casa con heridas en el rostro y cojeando, mas su tragedia no había
terminado: al pasar por el estercolero, el asno se le acercó por detrás y le
propinó una coz que lo lanzó por los aires hasta que fue a caer sobre un montón
de pedruscos.
– ¡Ay, me
atacan por distintos frentes! ¡Esta casa está dominada por monstruos!
El
delincuente, lleno de magulladuras y alguna costilla rota, consiguió levantarse
y escapar. Mientras, escuchaba a lo lejos un sonido chirriante que no podía
identificar. Obviamente, era el gallo cantando en falsete para distorsionar su
voz natural y dar más miedo.
–
¡Kikiriki! ¡Kikirikí! ¡Kikirikí!
La
pandilla de ladrones vio regresar a su compinche casi arrastrándose y
completamente maltrecho. El cabecilla, horrorizado, le preguntó:
– ¡¿Pero
qué te ha pasado?!
– ¡Ay,
jefe, esa casa está encantada, se lo digo yo!
– ¿En…
cantada?
– ¡Sí,
sí, se lo aseguro! Una bruja me clavó las uñas en las mejillas, una alimaña
peluda hundió un cuchillo en mi tobillo izquierdo, un gigante me aporreó con un
mazo que me hizo volar, y un bicharraco que no logré identificar voceaba para
que me fuera. ¡Ha sido espeluznante!
Los
miembros de la banda se estremecieron al escuchar el relato y comprobar el mal
estado en que se encontraba el muchacho. El jefe no dudó en dictaminar la
retirada inmediata.
– Nuestro
centro de operaciones ha sido ocupado por seres horripilantes y no somos
suficientes para enfrentarnos a ellos. En cuanto amanezca partiremos
hacia el norte del país, que es una zona que conozco bien y está libre de
bestias nocturnas.
Así lo
dijo y así lo hicieron. Con la primera luz del día los ladrones se fueron para
nunca volver, y los cuatro animales se quedaron libres de amenazas. La casa era
tan linda, amplia y confortable, que esa misma mañana decidieron instalarse en
ella para siempre. Jamás llegaron a ir a Bremen, pero fabricaron sus propios
instrumentos, formaron una pequeña orquesta familiar, y disfrutaron tocando
música para todo el que pasara por allí y les quisiera escuchar.
